lunes, 3 de septiembre de 2007

entre maestros se entienden...

Woody Allen ha repetido varias veces su profunda admiración por Ingmar Bergman.
De paso, fiel a sí mismo, se ha dado el lujo de satirizarlo ("Cómo acabar de una vez por todas con la cultura" ["getting even"], Tusquets. 2002)
A continuación, el texto que Allen publicara en The New York Times y que tradujera y reprodujese El Nacional en Caracas:





Me enteré de la muerte de Bergman mientras me encontraba en Oviedo, una pequeña y encantadora ciudad al norte de España, en donde estoy filmando una película. Cuando estaba en pleno rodaje, recibí el mensaje telefónico de un amigo mutuo. Bergman me dijo una vez que no quería morir en un día soleado. Como no estuve allí, sólo espero que haya habido ese tiempo nublado que tanto les gusta a los directores.

Ya lo dije en alguna ocasión, hablando con gente que tie
ne una visión romántica del artista y consideran sagrada la creación: en definitiva, el arte no te salva. Por muy sublimes que sean las obras que has creado (y Bergman nos dio todo un menú de extraordinarias obras maestras del cine), ellas no te protegen de la fatídica llamada a la puerta que interrumpió al caballero y a sus amigos al final de El séptimo sello. Y así, un día de verano en julio, Bergman el gran poeta cinematográfico de la mortalidad, no pudo prolongar su propio e inevitable jaque mate. Con él falleció el mejor cineasta que yo haya conocido.

Alguna vez dije en broma que el arte es el catolicismo del intelectual, es decir, una creencia vana en el más allá.

Yo diría que más que vivir en el corazón y en la mente del público, lo mejor es vivir en el propio apartamento de uno. Es evidente que las películas de Bergman seguirán vivas y serán vistas en museos y en la televisión y vendidas en formato DVD, pero conociendo a Bergman esto es un magro consuelo. Estoy seguro de que le habría encantado canjear cada una de sus películas por un año más de vida. De esta manera, habría podido disfrutar unos 60 años más de vida para seguir haciendo películas, lo que no deja de ser una extraordinaria producción creativa. No tengo la menor duda de que es así como habría ocupado su tiempo extra, haciendo lo que más le gustaba: filmar películas.

Bergman disfrutaba el proceso. No le importaban mucho las reacciones que inspiraban sus películas, pero sí le gustaba que apreciaran sus filmes. Como me dijo una vez, "si a la gente no le gusta una película que he hecho, eso me molesta... unos 30 segundos".

No le interesaban los resultados de taquilla, aunque los productores y distribuidores lo llamaban para informarle sobre la recaudación que habían tenido sus películas durante el primer fin de semana. Sin embargo, las cifras le entraban por un oído y le salían por el otro. Bergman decía: "A mitad de semana, sus pronósticos más desenfrenadamente optimistas se quedaban en nada". El director sueco disfrutaba del aplauso de la crítica pero no lo necesitaba en absoluto y aunque quería que los espectadores disfrutaran de su trabajo, no siempre hacía películas fáciles.

No obstante, las películas que nos hicieron pensar, bien valieron la pena. Por ejemplo, cuando uno descubre que las dos mujeres en El silencio no son, en realidad, más que dos aspectos contradictorios de una sola mujer, el filme, que de otro modo sería enigmático, se abre de manera fascinante. Los espectadores que estén bien formados en filosofía danesa antes de ver El séptimo sello o El mago, seguramente van a tener cierta ventaja. Sin embargo, las dotes de narrador de Bergman eran tan impresionantes que podía cautivar y embelesar al público incluso con un material difícil. He oído decir a algunas personas después de que salían de sus películas: "No entendí exactamente lo que vi pero estuve todo el tiempo en ascuas".