jueves, 20 de septiembre de 2007
lunes, 3 de septiembre de 2007
entre maestros se entienden...
Woody Allen ha repetido varias veces su profunda admiración por Ingmar Bergman.
De paso, fiel a sí mismo, se ha dado el lujo de satirizarlo ("Cómo acabar de una vez por todas con la cultura" ["getting even"], Tusquets. 2002)
A continuación, el texto que Allen publicara en The New York Times y que tradujera y reprodujese El Nacional en Caracas:
Me enteré de la muerte de Bergman mientras me encontraba en Oviedo, una pequeña y encantadora ciudad al norte de España, en donde estoy filmando una película. Cuando estaba en pleno rodaje, recibí el mensaje telefónico de un amigo mutuo. Bergman me dijo una vez que no quería morir en un día soleado. Como no estuve allí, sólo espero que haya habido ese tiempo nublado que tanto les gusta a los directores.
Ya lo dije en alguna ocasión, hablando con gente que tiene una visión romántica del artista y consideran sagrada la creación: en definitiva, el arte no te salva. Por muy sublimes que sean las obras que has creado (y Bergman nos dio todo un menú de extraordinarias obras maestras del cine), ellas no te protegen de la fatídica llamada a la puerta que interrumpió al caballero y a sus amigos al final de El séptimo sello. Y así, un día de verano en julio, Bergman el gran poeta cinematográfico de la mortalidad, no pudo prolongar su propio e inevitable jaque mate. Con él falleció el mejor cineasta que yo haya conocido.
Alguna vez dije en broma que el arte es el catolicismo del intelectual, es decir, una creencia vana en el más allá.
Yo diría que más que vivir en el corazón y en la mente del público, lo mejor es vivir en el propio apartamento de uno. Es evidente que las películas de Bergman seguirán vivas y serán vistas en museos y en la televisión y vendidas en formato DVD, pero conociendo a Bergman esto es un magro consuelo. Estoy seguro de que le habría encantado canjear cada una de sus películas por un año más de vida. De esta manera, habría podido disfrutar unos 60 años más de vida para seguir haciendo películas, lo que no deja de ser una extraordinaria producción creativa. No tengo la menor duda de que es así como habría ocupado su tiempo extra, haciendo lo que más le gustaba: filmar películas.
Bergman disfrutaba el proceso. No le importaban mucho las reacciones que inspiraban sus películas, pero sí le gustaba que apreciaran sus filmes. Como me dijo una vez, "si a la gente no le gusta una película que he hecho, eso me molesta... unos 30 segundos".
No le interesaban los resultados de taquilla, aunque los productores y distribuidores lo llamaban para informarle sobre la recaudación que habían tenido sus películas durante el primer fin de semana. Sin embargo, las cifras le entraban por un oído y le salían por el otro. Bergman decía: "A mitad de semana, sus pronósticos más desenfrenadamente optimistas se quedaban en nada". El director sueco disfrutaba del aplauso de la crítica pero no lo necesitaba en absoluto y aunque quería que los espectadores disfrutaran de su trabajo, no siempre hacía películas fáciles.
No obstante, las películas que nos hicieron pensar, bien valieron la pena. Por ejemplo, cuando uno descubre que las dos mujeres en El silencio no son, en realidad, más que dos aspectos contradictorios de una sola mujer, el filme, que de otro modo sería enigmático, se abre de manera fascinante. Los espectadores que estén bien formados en filosofía danesa antes de ver El séptimo sello o El mago, seguramente van a tener cierta ventaja. Sin embargo, las dotes de narrador de Bergman eran tan impresionantes que podía cautivar y embelesar al público incluso con un material difícil. He oído decir a algunas personas después de que salían de sus películas: "No entendí exactamente lo que vi pero estuve todo el tiempo en ascuas".
De paso, fiel a sí mismo, se ha dado el lujo de satirizarlo ("Cómo acabar de una vez por todas con la cultura" ["getting even"], Tusquets. 2002)
A continuación, el texto que Allen publicara en The New York Times y que tradujera y reprodujese El Nacional en Caracas:
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Ya lo dije en alguna ocasión, hablando con gente que tiene una visión romántica del artista y consideran sagrada la creación: en definitiva, el arte no te salva. Por muy sublimes que sean las obras que has creado (y Bergman nos dio todo un menú de extraordinarias obras maestras del cine), ellas no te protegen de la fatídica llamada a la puerta que interrumpió al caballero y a sus amigos al final de El séptimo sello. Y así, un día de verano en julio, Bergman el gran poeta cinematográfico de la mortalidad, no pudo prolongar su propio e inevitable jaque mate. Con él falleció el mejor cineasta que yo haya conocido.
Alguna vez dije en broma que el arte es el catolicismo del intelectual, es decir, una creencia vana en el más allá.
Yo diría que más que vivir en el corazón y en la mente del público, lo mejor es vivir en el propio apartamento de uno. Es evidente que las películas de Bergman seguirán vivas y serán vistas en museos y en la televisión y vendidas en formato DVD, pero conociendo a Bergman esto es un magro consuelo. Estoy seguro de que le habría encantado canjear cada una de sus películas por un año más de vida. De esta manera, habría podido disfrutar unos 60 años más de vida para seguir haciendo películas, lo que no deja de ser una extraordinaria producción creativa. No tengo la menor duda de que es así como habría ocupado su tiempo extra, haciendo lo que más le gustaba: filmar películas.
Bergman disfrutaba el proceso. No le importaban mucho las reacciones que inspiraban sus películas, pero sí le gustaba que apreciaran sus filmes. Como me dijo una vez, "si a la gente no le gusta una película que he hecho, eso me molesta... unos 30 segundos".
No le interesaban los resultados de taquilla, aunque los productores y distribuidores lo llamaban para informarle sobre la recaudación que habían tenido sus películas durante el primer fin de semana. Sin embargo, las cifras le entraban por un oído y le salían por el otro. Bergman decía: "A mitad de semana, sus pronósticos más desenfrenadamente optimistas se quedaban en nada". El director sueco disfrutaba del aplauso de la crítica pero no lo necesitaba en absoluto y aunque quería que los espectadores disfrutaran de su trabajo, no siempre hacía películas fáciles.
No obstante, las películas que nos hicieron pensar, bien valieron la pena. Por ejemplo, cuando uno descubre que las dos mujeres en El silencio no son, en realidad, más que dos aspectos contradictorios de una sola mujer, el filme, que de otro modo sería enigmático, se abre de manera fascinante. Los espectadores que estén bien formados en filosofía danesa antes de ver El séptimo sello o El mago, seguramente van a tener cierta ventaja. Sin embargo, las dotes de narrador de Bergman eran tan impresionantes que podía cautivar y embelesar al público incluso con un material difícil. He oído decir a algunas personas después de que salían de sus películas: "No entendí exactamente lo que vi pero estuve todo el tiempo en ascuas".
viernes, 24 de agosto de 2007
yemas aceluloidadas
En una sala de cine la oscuridad no es sólo ausencia de luz.
Es también polvo errante y narrativo que caprichoso se deja caer sobre las butacas y sus ocupantes.
Es aroma que se filtra por poros y crea raros bienestares.
La luz del proyector en una pantalla es más que 24 fotografías en 60 segundos a lo largo de 90 minutos. Son fotones que hacen brillar ojos con el prisma de la esperanza o la desolación.
Ahí, en esa atmósfera ajena y mágica, se suelen encontrar las manos.
Un dedo olvidadizo se encuentra con otro que casi logra reconocer. Son manos que hace mucho se juntaron y hasta jugaron a regalarse un anillo. Son manos que se olvidaron del rito y hasta de la costumbre . En la penumbra de luceros cremosos, quedan frente a frente por culpa del miedo o la casualidad y se acuerdan de la textura de la otra: de aquella hendidura imperceptible y escondida en la palma o la curva mágica e interminable de un nudillo que olía a perfumes franceses. En ese momento, el peso de la evidencia las hace separarse. No hay nada que las una salvo el espectro de un tiempo que ya no tiene ubicación precisa en la memoria, de un sabor pobre y lánguido en la lengua de un corazón en decadencia.
Asiento de por medio, otras manos copulan en silencio sepulcral.
Mientras la puesta en escena del lente cierra las bocas y dilata las pupilas, ellas salivan una lucha por el poder y el control sobre la otra, codazos de lujuria por tomar las riendas libidinosas de representar a dos palmas y diez dedos aquello que harían a cuerpo entero si la sala estuviera vacía. Los ojos sobre la pantalla y el alma en la piel del otro. Yemas que con su calor funden huellas dactilares en una sola identidad de labios de barro que nacen con cada roce.
Al final, cuando los créditos corren y las luces se prenden, las manos quedan relegadas a botar la caja de cotufas, aprehender las monedas para el estacionamiento, posarse sobre el volante o pulsar números en un teléfono móvil.
Obedientes y altruistas se dejan usar en un sinfín de trivialidades que sólo son soportables por la esperanza de que en un día o en un mes, el agua que emana ruidosa de la fuente aceluloidada de un proyector apague las luces de la sala. Entonces los dedos y las palmas volarán por cuadritos de 35 mm hasta evaporarse en una ficción que enmudecería a negro todas las pantallas existentes en la caja de pantallas de cine, absortas y bobas ante la historia de dos manos que se creen mucho más que manos y cobran vida en historias que desconocen sus inocentes portadores.
Es también polvo errante y narrativo que caprichoso se deja caer sobre las butacas y sus ocupantes.
Es aroma que se filtra por poros y crea raros bienestares.
La luz del proyector en una pantalla es más que 24 fotografías en 60 segundos a lo largo de 90 minutos. Son fotones que hacen brillar ojos con el prisma de la esperanza o la desolación.
Ahí, en esa atmósfera ajena y mágica, se suelen encontrar las manos.
Un dedo olvidadizo se encuentra con otro que casi logra reconocer. Son manos que hace mucho se juntaron y hasta jugaron a regalarse un anillo. Son manos que se olvidaron del rito y hasta de la costumbre . En la penumbra de luceros cremosos, quedan frente a frente por culpa del miedo o la casualidad y se acuerdan de la textura de la otra: de aquella hendidura imperceptible y escondida en la palma o la curva mágica e interminable de un nudillo que olía a perfumes franceses. En ese momento, el peso de la evidencia las hace separarse. No hay nada que las una salvo el espectro de un tiempo que ya no tiene ubicación precisa en la memoria, de un sabor pobre y lánguido en la lengua de un corazón en decadencia.
Asiento de por medio, otras manos copulan en silencio sepulcral.
Mientras la puesta en escena del lente cierra las bocas y dilata las pupilas, ellas salivan una lucha por el poder y el control sobre la otra, codazos de lujuria por tomar las riendas libidinosas de representar a dos palmas y diez dedos aquello que harían a cuerpo entero si la sala estuviera vacía. Los ojos sobre la pantalla y el alma en la piel del otro. Yemas que con su calor funden huellas dactilares en una sola identidad de labios de barro que nacen con cada roce.
Al final, cuando los créditos corren y las luces se prenden, las manos quedan relegadas a botar la caja de cotufas, aprehender las monedas para el estacionamiento, posarse sobre el volante o pulsar números en un teléfono móvil.
Obedientes y altruistas se dejan usar en un sinfín de trivialidades que sólo son soportables por la esperanza de que en un día o en un mes, el agua que emana ruidosa de la fuente aceluloidada de un proyector apague las luces de la sala. Entonces los dedos y las palmas volarán por cuadritos de 35 mm hasta evaporarse en una ficción que enmudecería a negro todas las pantallas existentes en la caja de pantallas de cine, absortas y bobas ante la historia de dos manos que se creen mucho más que manos y cobran vida en historias que desconocen sus inocentes portadores.
lunes, 20 de agosto de 2007
cuando se van...
La gente se va. No dicen cuando y si lo dicen, nunca prestamos atención a los avisos.
Por año, se van bastantes millones de la tierra (google.com probablemente tenga un un buen aproximado).
2007 ha tenido partidas especialmente lamentables, por lo menos para el anotador de esta bitácora.
Por enero Ryszdard Kapuscinski guardó la pluma bajo una almohada de estrellas y cerró la libreta para colocarla dentro de una gaveta de sueños flotantes en aulas de periodismo.
En menos de 24 hrs. Bergman y Antonioni dijeron "acción" en el set de la eternidad; en medio de una gran carcajada de gozo: ambos tomaban conciencia de que empezaba un plano secuencia sin fin; la palabra "corte" se quedaba para los de la tierra.
Algunas semanas antes, en Argentina Roberto Fontanarrosa pensó que ya era hora de dibujar y escribir fábulas, sonrisas y mundos en la hilarante memoria de todos aquellos que por lo menos una vez se toparon con su genial obra.
El alma se quiebra en pedazos lacrimosos cuando se cae en cuenta que un filme, un reportaje o una tira cómica adquieren el espantoso e inevitable sello de "último"; no habrá más.
Dejo dos homenajes al "negro" que encontré por ahí. El diario El Nacional (www.el-nacional.com) publicó varias reflexiones en honor al "Kapu" en el mismo mes de enero. Espero encontrar semejantes para los maestros de Italia y Suecia.
Por año, se van bastantes millones de la tierra (google.com probablemente tenga un un buen aproximado).
2007 ha tenido partidas especialmente lamentables, por lo menos para el anotador de esta bitácora.
Por enero Ryszdard Kapuscinski guardó la pluma bajo una almohada de estrellas y cerró la libreta para colocarla dentro de una gaveta de sueños flotantes en aulas de periodismo.
En menos de 24 hrs. Bergman y Antonioni dijeron "acción" en el set de la eternidad; en medio de una gran carcajada de gozo: ambos tomaban conciencia de que empezaba un plano secuencia sin fin; la palabra "corte" se quedaba para los de la tierra.
Algunas semanas antes, en Argentina Roberto Fontanarrosa pensó que ya era hora de dibujar y escribir fábulas, sonrisas y mundos en la hilarante memoria de todos aquellos que por lo menos una vez se toparon con su genial obra.
El alma se quiebra en pedazos lacrimosos cuando se cae en cuenta que un filme, un reportaje o una tira cómica adquieren el espantoso e inevitable sello de "último"; no habrá más.
Dejo dos homenajes al "negro" que encontré por ahí. El diario El Nacional (www.el-nacional.com) publicó varias reflexiones en honor al "Kapu" en el mismo mes de enero. Espero encontrar semejantes para los maestros de Italia y Suecia.
hernán casciari
el más que recomendable escritor argentino Hernán Casciari en su blog: www.orsai.es escribió:
Negro
En Argentina no idolatramos por mayoría absoluta. No existe personaje adorado por muchos que no soporte un contrapeso importante de descrédito. Maradona, el Che, Eva Perón, Charly, Borges, Monzón, incluso Fangio. Cuando alguien los nombra con amor, siempre hay otro que salta con un pero, con una chismografía, con una bajeza. Nuestros ídolos suelen ir a ballotage; ganan nuestro corazón o lo pierden, pero siempre en segunda vuelta. Hasta anoche. Ayer, por fin, se nos ha muerto alguien por unanimidad.
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