jueves, 28 de junio de 2007

Delay

Serán publicadas en el blog una serie de crónicas y reflexiones sobre el cierre de Radio Caracas Televisión con un considerable retraso.
La primera la escribí el 25 de mayo y se llama "Retórica del bochinche". Ahí va.

Retórica del bochinche

Entre una cosa y otra, ahí cuando la cabeza se desocupa de aquello que debe mantenerme ocupado, pienso un poco en el asunto RCTV.
Como muchos, he tenido que hacer el esfuerzo de tragar bien amargo para obviar el desprecio por una programación, por una forma de hacer televisión, de crear cultura y vender entretenimiento; sobre todo el (i)respeto a una audiencia.
Más allá de todo eso, veo con miedo el brazo de un gobierno que, martillo en mano, arremete sin compasión pero con delicadeza y constancia, de manera tal que poco a poco los clavos quedan hundidos hasta la cabeza en las tablas que nos van cercando y asfixiando.
Los argumentos legales valen poco para mí por estos días (síntoma inequívoco de degradación ciudadana), en un país donde la justicia es un chiste de mal gusto y el llamado estado de derecho es un derecho exclusivo y a discreción del estado que no es otro que él mismo (y no hablo del Luis francés).
Cada parte esgrime sus razones ley en mano y según ellos, el papel les da la razón.
Aquí subyacen todos los temas hablados y re-analizados en medios, luncherías y aulas de clase: libertad de expresión, auto-censura, autoritarismo, totalitarismo, soberanía, cierre de un medio, etc.
La gravedad del asunto es tan grande como la de la apatía generalizada ante el inminente golpe.
Pero hay algo que no me cuadra en aquellos que de otra manera materializan reacciones.
Periodistas salen a la calle, así como madres de familia o estudiantes de periodismo. Pero no veo yo en ellos la actitud que la ocasión ameritaría.
Algunos pasajes que me desconciertan un tanto:
No más de 8 señoras, todas por encima de los 50 años de edad. Sólo reciben total indeferencia en la av. Luis Roche de Altamira, frente a la otrora emblemática plaza opositora. Ahí las veo, a ritmo de reguetón, sonando un pito para que sus recién estrenadas nietas puedan gozar la dicha de tener un Albertico Limonta.
Si como director de cine tuviera que crear una escena en la que ocurre una protesta callejera por la libertad de expresión, por la democracia de un país con tanta gente joven, pondría caras de ira, euforia pura como reacción al miedo que produce un oscuro futuro.
Yo lo que veo en las acciones de calles por estos día son mujeres que se acercan a tomarse fotos junto a un muy sonriente Tinedo Guía que luego coloca su firma al lado de la Karla Angola sobre una lapidaria y escalofriante caricatura del no menos genial Roberto Weil.
Demasiado festín.
El canal en peligro, a menos de 48 horas de su supuesto fin, exhibe la insulsez de una espigada descerebrada que coloca videos de cámara escondida (que no me dan risa) antes de que Garmendia y Cabrujas sufran retorcijones donde quiera que estén con el bloque dramático que sigue.
A las puertas del canal, estudiantes de liceo con pancartas y motivos de Primero Justicia no tenían idea de lo que hacían ahí. “¿Esta será actriz?… ¿Qué se yo?, Pídele el autógrafo igual…” y la nómina de la planta sonríe y saluda efusiva como si caminaran por la alfombra roja de Cannes, no como si su empleo y la libertad de un país guindara de un hilo bastante macabro.
Ante tanta y aparente falta de seriedad, recuerdo aquella frase que pronunciara Miranda al verse obligado a huir del país: “Bochinche, esta gente es puro bochinche”.

(escrito el 25 de mayo de 2007)

Cigarrillos de Macramé

“¡Es imposible!”, me repetía. “No podré nunca llegar en menos de 40 minutos al trabajo”. 40 minutos para menos de 7 km. Cotidianidad en grandes dosis.
Así iba pensando mientras la música de la estación me fastidiaba los oídos cuando la vi por primera vez.
El negro pardizo del tinte de su cabello se corría por su frente y se mezclaba con aquella amasable capa de maquillaje, gruesa como un tolete de queso blanco. El saturado rojo de sus labios y el brillo azteca de sus zarcillos y cadenas, hacían de su cara el más rococó de los montajes de Carlos Zerpa.
Venía fumando un cigarrillo, y el hundir la palma de su mano en el volante para el maleficio acústico de la corneta, era una maniobra tan automatizada y repetitiva como las bocanadas.
Entre la entrada del centro de tenis de Santa Rosa de Lima y la esquina de la pastelería Danubio, convirtió en aplastadas colillas cuatro esbeltos nicotinosos de la British Tobbaco Company.
Entonces caí en cuenta de que la realidad siempre supera la ficción, que existen personas como esta muñeca mal oliente y claxon-rumiante que agradecen las colas. Que al salir de su casa, cruzan los dedos y quién sabe si hasta se persignen para conseguir el mayor estancamiento de carros en la vía al trabajo. Sólo por fumar lo más que se pueda, en el mayor tiempo posible; en la menor cantidad cuadras existentes.
Su rostro no reflejaba agrado, angustia o desesperación por el surrealismo de aquella cola. Era una cara inmutada y neutra que chupaba papel y escupía humo.
Pero también estaba apurada. No cesaba de tocar la corneta en aquella cápsula tan gris y tan vulnerable a los caprichos del viento.
“Así somos todos”, dije entonces. Queremos llegar, nos morimos por llegar; pero agradecemos el retraso al punto de disfrutarlo.
Nos desesperamos por llegar y así vamos tocándole corneta a la vida, para siempre llegar primero y rápido. Pero como no llegamos nos ponemos a fumar como locos en la espera, tanto, que terminamos por preferir la espera y el retraso a la llegada con tal de fumar.
Y así, fumando y fumando, se nos olvida que algún día teníamos ganas de llegar, ilusión por llegar. Las colas de los años y las personas nos van convirtiendo en consumidores de papel y humo que tocan corneta por aquello de no parecer que no queremos llegar, cuando en realidad hace rato que se nos olvidó.
¿Alguien tiene un yesquero?

(escrito antes de la puesta en práctica del plan "pico y placa" en el municipio Baruta)