jueves, 20 de septiembre de 2007
lunes, 3 de septiembre de 2007
entre maestros se entienden...
Woody Allen ha repetido varias veces su profunda admiración por Ingmar Bergman.
De paso, fiel a sí mismo, se ha dado el lujo de satirizarlo ("Cómo acabar de una vez por todas con la cultura" ["getting even"], Tusquets. 2002)
A continuación, el texto que Allen publicara en The New York Times y que tradujera y reprodujese El Nacional en Caracas:
Me enteré de la muerte de Bergman mientras me encontraba en Oviedo, una pequeña y encantadora ciudad al norte de España, en donde estoy filmando una película. Cuando estaba en pleno rodaje, recibí el mensaje telefónico de un amigo mutuo. Bergman me dijo una vez que no quería morir en un día soleado. Como no estuve allí, sólo espero que haya habido ese tiempo nublado que tanto les gusta a los directores.
Ya lo dije en alguna ocasión, hablando con gente que tiene una visión romántica del artista y consideran sagrada la creación: en definitiva, el arte no te salva. Por muy sublimes que sean las obras que has creado (y Bergman nos dio todo un menú de extraordinarias obras maestras del cine), ellas no te protegen de la fatídica llamada a la puerta que interrumpió al caballero y a sus amigos al final de El séptimo sello. Y así, un día de verano en julio, Bergman el gran poeta cinematográfico de la mortalidad, no pudo prolongar su propio e inevitable jaque mate. Con él falleció el mejor cineasta que yo haya conocido.
Alguna vez dije en broma que el arte es el catolicismo del intelectual, es decir, una creencia vana en el más allá.
Yo diría que más que vivir en el corazón y en la mente del público, lo mejor es vivir en el propio apartamento de uno. Es evidente que las películas de Bergman seguirán vivas y serán vistas en museos y en la televisión y vendidas en formato DVD, pero conociendo a Bergman esto es un magro consuelo. Estoy seguro de que le habría encantado canjear cada una de sus películas por un año más de vida. De esta manera, habría podido disfrutar unos 60 años más de vida para seguir haciendo películas, lo que no deja de ser una extraordinaria producción creativa. No tengo la menor duda de que es así como habría ocupado su tiempo extra, haciendo lo que más le gustaba: filmar películas.
Bergman disfrutaba el proceso. No le importaban mucho las reacciones que inspiraban sus películas, pero sí le gustaba que apreciaran sus filmes. Como me dijo una vez, "si a la gente no le gusta una película que he hecho, eso me molesta... unos 30 segundos".
No le interesaban los resultados de taquilla, aunque los productores y distribuidores lo llamaban para informarle sobre la recaudación que habían tenido sus películas durante el primer fin de semana. Sin embargo, las cifras le entraban por un oído y le salían por el otro. Bergman decía: "A mitad de semana, sus pronósticos más desenfrenadamente optimistas se quedaban en nada". El director sueco disfrutaba del aplauso de la crítica pero no lo necesitaba en absoluto y aunque quería que los espectadores disfrutaran de su trabajo, no siempre hacía películas fáciles.
No obstante, las películas que nos hicieron pensar, bien valieron la pena. Por ejemplo, cuando uno descubre que las dos mujeres en El silencio no son, en realidad, más que dos aspectos contradictorios de una sola mujer, el filme, que de otro modo sería enigmático, se abre de manera fascinante. Los espectadores que estén bien formados en filosofía danesa antes de ver El séptimo sello o El mago, seguramente van a tener cierta ventaja. Sin embargo, las dotes de narrador de Bergman eran tan impresionantes que podía cautivar y embelesar al público incluso con un material difícil. He oído decir a algunas personas después de que salían de sus películas: "No entendí exactamente lo que vi pero estuve todo el tiempo en ascuas".
De paso, fiel a sí mismo, se ha dado el lujo de satirizarlo ("Cómo acabar de una vez por todas con la cultura" ["getting even"], Tusquets. 2002)
A continuación, el texto que Allen publicara en The New York Times y que tradujera y reprodujese El Nacional en Caracas:
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Ya lo dije en alguna ocasión, hablando con gente que tiene una visión romántica del artista y consideran sagrada la creación: en definitiva, el arte no te salva. Por muy sublimes que sean las obras que has creado (y Bergman nos dio todo un menú de extraordinarias obras maestras del cine), ellas no te protegen de la fatídica llamada a la puerta que interrumpió al caballero y a sus amigos al final de El séptimo sello. Y así, un día de verano en julio, Bergman el gran poeta cinematográfico de la mortalidad, no pudo prolongar su propio e inevitable jaque mate. Con él falleció el mejor cineasta que yo haya conocido.
Alguna vez dije en broma que el arte es el catolicismo del intelectual, es decir, una creencia vana en el más allá.
Yo diría que más que vivir en el corazón y en la mente del público, lo mejor es vivir en el propio apartamento de uno. Es evidente que las películas de Bergman seguirán vivas y serán vistas en museos y en la televisión y vendidas en formato DVD, pero conociendo a Bergman esto es un magro consuelo. Estoy seguro de que le habría encantado canjear cada una de sus películas por un año más de vida. De esta manera, habría podido disfrutar unos 60 años más de vida para seguir haciendo películas, lo que no deja de ser una extraordinaria producción creativa. No tengo la menor duda de que es así como habría ocupado su tiempo extra, haciendo lo que más le gustaba: filmar películas.
Bergman disfrutaba el proceso. No le importaban mucho las reacciones que inspiraban sus películas, pero sí le gustaba que apreciaran sus filmes. Como me dijo una vez, "si a la gente no le gusta una película que he hecho, eso me molesta... unos 30 segundos".
No le interesaban los resultados de taquilla, aunque los productores y distribuidores lo llamaban para informarle sobre la recaudación que habían tenido sus películas durante el primer fin de semana. Sin embargo, las cifras le entraban por un oído y le salían por el otro. Bergman decía: "A mitad de semana, sus pronósticos más desenfrenadamente optimistas se quedaban en nada". El director sueco disfrutaba del aplauso de la crítica pero no lo necesitaba en absoluto y aunque quería que los espectadores disfrutaran de su trabajo, no siempre hacía películas fáciles.
No obstante, las películas que nos hicieron pensar, bien valieron la pena. Por ejemplo, cuando uno descubre que las dos mujeres en El silencio no son, en realidad, más que dos aspectos contradictorios de una sola mujer, el filme, que de otro modo sería enigmático, se abre de manera fascinante. Los espectadores que estén bien formados en filosofía danesa antes de ver El séptimo sello o El mago, seguramente van a tener cierta ventaja. Sin embargo, las dotes de narrador de Bergman eran tan impresionantes que podía cautivar y embelesar al público incluso con un material difícil. He oído decir a algunas personas después de que salían de sus películas: "No entendí exactamente lo que vi pero estuve todo el tiempo en ascuas".
viernes, 24 de agosto de 2007
yemas aceluloidadas
En una sala de cine la oscuridad no es sólo ausencia de luz.
Es también polvo errante y narrativo que caprichoso se deja caer sobre las butacas y sus ocupantes.
Es aroma que se filtra por poros y crea raros bienestares.
La luz del proyector en una pantalla es más que 24 fotografías en 60 segundos a lo largo de 90 minutos. Son fotones que hacen brillar ojos con el prisma de la esperanza o la desolación.
Ahí, en esa atmósfera ajena y mágica, se suelen encontrar las manos.
Un dedo olvidadizo se encuentra con otro que casi logra reconocer. Son manos que hace mucho se juntaron y hasta jugaron a regalarse un anillo. Son manos que se olvidaron del rito y hasta de la costumbre . En la penumbra de luceros cremosos, quedan frente a frente por culpa del miedo o la casualidad y se acuerdan de la textura de la otra: de aquella hendidura imperceptible y escondida en la palma o la curva mágica e interminable de un nudillo que olía a perfumes franceses. En ese momento, el peso de la evidencia las hace separarse. No hay nada que las una salvo el espectro de un tiempo que ya no tiene ubicación precisa en la memoria, de un sabor pobre y lánguido en la lengua de un corazón en decadencia.
Asiento de por medio, otras manos copulan en silencio sepulcral.
Mientras la puesta en escena del lente cierra las bocas y dilata las pupilas, ellas salivan una lucha por el poder y el control sobre la otra, codazos de lujuria por tomar las riendas libidinosas de representar a dos palmas y diez dedos aquello que harían a cuerpo entero si la sala estuviera vacía. Los ojos sobre la pantalla y el alma en la piel del otro. Yemas que con su calor funden huellas dactilares en una sola identidad de labios de barro que nacen con cada roce.
Al final, cuando los créditos corren y las luces se prenden, las manos quedan relegadas a botar la caja de cotufas, aprehender las monedas para el estacionamiento, posarse sobre el volante o pulsar números en un teléfono móvil.
Obedientes y altruistas se dejan usar en un sinfín de trivialidades que sólo son soportables por la esperanza de que en un día o en un mes, el agua que emana ruidosa de la fuente aceluloidada de un proyector apague las luces de la sala. Entonces los dedos y las palmas volarán por cuadritos de 35 mm hasta evaporarse en una ficción que enmudecería a negro todas las pantallas existentes en la caja de pantallas de cine, absortas y bobas ante la historia de dos manos que se creen mucho más que manos y cobran vida en historias que desconocen sus inocentes portadores.
Es también polvo errante y narrativo que caprichoso se deja caer sobre las butacas y sus ocupantes.
Es aroma que se filtra por poros y crea raros bienestares.
La luz del proyector en una pantalla es más que 24 fotografías en 60 segundos a lo largo de 90 minutos. Son fotones que hacen brillar ojos con el prisma de la esperanza o la desolación.
Ahí, en esa atmósfera ajena y mágica, se suelen encontrar las manos.
Un dedo olvidadizo se encuentra con otro que casi logra reconocer. Son manos que hace mucho se juntaron y hasta jugaron a regalarse un anillo. Son manos que se olvidaron del rito y hasta de la costumbre . En la penumbra de luceros cremosos, quedan frente a frente por culpa del miedo o la casualidad y se acuerdan de la textura de la otra: de aquella hendidura imperceptible y escondida en la palma o la curva mágica e interminable de un nudillo que olía a perfumes franceses. En ese momento, el peso de la evidencia las hace separarse. No hay nada que las una salvo el espectro de un tiempo que ya no tiene ubicación precisa en la memoria, de un sabor pobre y lánguido en la lengua de un corazón en decadencia.
Asiento de por medio, otras manos copulan en silencio sepulcral.
Mientras la puesta en escena del lente cierra las bocas y dilata las pupilas, ellas salivan una lucha por el poder y el control sobre la otra, codazos de lujuria por tomar las riendas libidinosas de representar a dos palmas y diez dedos aquello que harían a cuerpo entero si la sala estuviera vacía. Los ojos sobre la pantalla y el alma en la piel del otro. Yemas que con su calor funden huellas dactilares en una sola identidad de labios de barro que nacen con cada roce.
Al final, cuando los créditos corren y las luces se prenden, las manos quedan relegadas a botar la caja de cotufas, aprehender las monedas para el estacionamiento, posarse sobre el volante o pulsar números en un teléfono móvil.
Obedientes y altruistas se dejan usar en un sinfín de trivialidades que sólo son soportables por la esperanza de que en un día o en un mes, el agua que emana ruidosa de la fuente aceluloidada de un proyector apague las luces de la sala. Entonces los dedos y las palmas volarán por cuadritos de 35 mm hasta evaporarse en una ficción que enmudecería a negro todas las pantallas existentes en la caja de pantallas de cine, absortas y bobas ante la historia de dos manos que se creen mucho más que manos y cobran vida en historias que desconocen sus inocentes portadores.
lunes, 20 de agosto de 2007
cuando se van...
La gente se va. No dicen cuando y si lo dicen, nunca prestamos atención a los avisos.
Por año, se van bastantes millones de la tierra (google.com probablemente tenga un un buen aproximado).
2007 ha tenido partidas especialmente lamentables, por lo menos para el anotador de esta bitácora.
Por enero Ryszdard Kapuscinski guardó la pluma bajo una almohada de estrellas y cerró la libreta para colocarla dentro de una gaveta de sueños flotantes en aulas de periodismo.
En menos de 24 hrs. Bergman y Antonioni dijeron "acción" en el set de la eternidad; en medio de una gran carcajada de gozo: ambos tomaban conciencia de que empezaba un plano secuencia sin fin; la palabra "corte" se quedaba para los de la tierra.
Algunas semanas antes, en Argentina Roberto Fontanarrosa pensó que ya era hora de dibujar y escribir fábulas, sonrisas y mundos en la hilarante memoria de todos aquellos que por lo menos una vez se toparon con su genial obra.
El alma se quiebra en pedazos lacrimosos cuando se cae en cuenta que un filme, un reportaje o una tira cómica adquieren el espantoso e inevitable sello de "último"; no habrá más.
Dejo dos homenajes al "negro" que encontré por ahí. El diario El Nacional (www.el-nacional.com) publicó varias reflexiones en honor al "Kapu" en el mismo mes de enero. Espero encontrar semejantes para los maestros de Italia y Suecia.
Por año, se van bastantes millones de la tierra (google.com probablemente tenga un un buen aproximado).
2007 ha tenido partidas especialmente lamentables, por lo menos para el anotador de esta bitácora.
Por enero Ryszdard Kapuscinski guardó la pluma bajo una almohada de estrellas y cerró la libreta para colocarla dentro de una gaveta de sueños flotantes en aulas de periodismo.
En menos de 24 hrs. Bergman y Antonioni dijeron "acción" en el set de la eternidad; en medio de una gran carcajada de gozo: ambos tomaban conciencia de que empezaba un plano secuencia sin fin; la palabra "corte" se quedaba para los de la tierra.
Algunas semanas antes, en Argentina Roberto Fontanarrosa pensó que ya era hora de dibujar y escribir fábulas, sonrisas y mundos en la hilarante memoria de todos aquellos que por lo menos una vez se toparon con su genial obra.
El alma se quiebra en pedazos lacrimosos cuando se cae en cuenta que un filme, un reportaje o una tira cómica adquieren el espantoso e inevitable sello de "último"; no habrá más.
Dejo dos homenajes al "negro" que encontré por ahí. El diario El Nacional (www.el-nacional.com) publicó varias reflexiones en honor al "Kapu" en el mismo mes de enero. Espero encontrar semejantes para los maestros de Italia y Suecia.
hernán casciari
el más que recomendable escritor argentino Hernán Casciari en su blog: www.orsai.es escribió:
Negro
En Argentina no idolatramos por mayoría absoluta. No existe personaje adorado por muchos que no soporte un contrapeso importante de descrédito. Maradona, el Che, Eva Perón, Charly, Borges, Monzón, incluso Fangio. Cuando alguien los nombra con amor, siempre hay otro que salta con un pero, con una chismografía, con una bajeza. Nuestros ídolos suelen ir a ballotage; ganan nuestro corazón o lo pierden, pero siempre en segunda vuelta. Hasta anoche. Ayer, por fin, se nos ha muerto alguien por unanimidad.
jueves, 28 de junio de 2007
Delay
Serán publicadas en el blog una serie de crónicas y reflexiones sobre el cierre de Radio Caracas Televisión con un considerable retraso.
La primera la escribí el 25 de mayo y se llama "Retórica del bochinche". Ahí va.
La primera la escribí el 25 de mayo y se llama "Retórica del bochinche". Ahí va.
Retórica del bochinche
Entre una cosa y otra, ahí cuando la cabeza se desocupa de aquello que debe mantenerme ocupado, pienso un poco en el asunto RCTV.
Como muchos, he tenido que hacer el esfuerzo de tragar bien amargo para obviar el desprecio por una programación, por una forma de hacer televisión, de crear cultura y vender entretenimiento; sobre todo el (i)respeto a una audiencia.
Más allá de todo eso, veo con miedo el brazo de un gobierno que, martillo en mano, arremete sin compasión pero con delicadeza y constancia, de manera tal que poco a poco los clavos quedan hundidos hasta la cabeza en las tablas que nos van cercando y asfixiando.
Los argumentos legales valen poco para mí por estos días (síntoma inequívoco de degradación ciudadana), en un país donde la justicia es un chiste de mal gusto y el llamado estado de derecho es un derecho exclusivo y a discreción del estado que no es otro que él mismo (y no hablo del Luis francés).
Cada parte esgrime sus razones ley en mano y según ellos, el papel les da la razón.
Aquí subyacen todos los temas hablados y re-analizados en medios, luncherías y aulas de clase: libertad de expresión, auto-censura, autoritarismo, totalitarismo, soberanía, cierre de un medio, etc.
La gravedad del asunto es tan grande como la de la apatía generalizada ante el inminente golpe.
Pero hay algo que no me cuadra en aquellos que de otra manera materializan reacciones.
Periodistas salen a la calle, así como madres de familia o estudiantes de periodismo. Pero no veo yo en ellos la actitud que la ocasión ameritaría.
Algunos pasajes que me desconciertan un tanto:
No más de 8 señoras, todas por encima de los 50 años de edad. Sólo reciben total indeferencia en la av. Luis Roche de Altamira, frente a la otrora emblemática plaza opositora. Ahí las veo, a ritmo de reguetón, sonando un pito para que sus recién estrenadas nietas puedan gozar la dicha de tener un Albertico Limonta.
Si como director de cine tuviera que crear una escena en la que ocurre una protesta callejera por la libertad de expresión, por la democracia de un país con tanta gente joven, pondría caras de ira, euforia pura como reacción al miedo que produce un oscuro futuro.
Yo lo que veo en las acciones de calles por estos día son mujeres que se acercan a tomarse fotos junto a un muy sonriente Tinedo Guía que luego coloca su firma al lado de la Karla Angola sobre una lapidaria y escalofriante caricatura del no menos genial Roberto Weil.
Demasiado festín.
El canal en peligro, a menos de 48 horas de su supuesto fin, exhibe la insulsez de una espigada descerebrada que coloca videos de cámara escondida (que no me dan risa) antes de que Garmendia y Cabrujas sufran retorcijones donde quiera que estén con el bloque dramático que sigue.
A las puertas del canal, estudiantes de liceo con pancartas y motivos de Primero Justicia no tenían idea de lo que hacían ahí. “¿Esta será actriz?… ¿Qué se yo?, Pídele el autógrafo igual…” y la nómina de la planta sonríe y saluda efusiva como si caminaran por la alfombra roja de Cannes, no como si su empleo y la libertad de un país guindara de un hilo bastante macabro.
Ante tanta y aparente falta de seriedad, recuerdo aquella frase que pronunciara Miranda al verse obligado a huir del país: “Bochinche, esta gente es puro bochinche”.
(escrito el 25 de mayo de 2007)
Como muchos, he tenido que hacer el esfuerzo de tragar bien amargo para obviar el desprecio por una programación, por una forma de hacer televisión, de crear cultura y vender entretenimiento; sobre todo el (i)respeto a una audiencia.
Más allá de todo eso, veo con miedo el brazo de un gobierno que, martillo en mano, arremete sin compasión pero con delicadeza y constancia, de manera tal que poco a poco los clavos quedan hundidos hasta la cabeza en las tablas que nos van cercando y asfixiando.
Los argumentos legales valen poco para mí por estos días (síntoma inequívoco de degradación ciudadana), en un país donde la justicia es un chiste de mal gusto y el llamado estado de derecho es un derecho exclusivo y a discreción del estado que no es otro que él mismo (y no hablo del Luis francés).
Cada parte esgrime sus razones ley en mano y según ellos, el papel les da la razón.
Aquí subyacen todos los temas hablados y re-analizados en medios, luncherías y aulas de clase: libertad de expresión, auto-censura, autoritarismo, totalitarismo, soberanía, cierre de un medio, etc.
La gravedad del asunto es tan grande como la de la apatía generalizada ante el inminente golpe.
Pero hay algo que no me cuadra en aquellos que de otra manera materializan reacciones.
Periodistas salen a la calle, así como madres de familia o estudiantes de periodismo. Pero no veo yo en ellos la actitud que la ocasión ameritaría.
Algunos pasajes que me desconciertan un tanto:
No más de 8 señoras, todas por encima de los 50 años de edad. Sólo reciben total indeferencia en la av. Luis Roche de Altamira, frente a la otrora emblemática plaza opositora. Ahí las veo, a ritmo de reguetón, sonando un pito para que sus recién estrenadas nietas puedan gozar la dicha de tener un Albertico Limonta.
Si como director de cine tuviera que crear una escena en la que ocurre una protesta callejera por la libertad de expresión, por la democracia de un país con tanta gente joven, pondría caras de ira, euforia pura como reacción al miedo que produce un oscuro futuro.
Yo lo que veo en las acciones de calles por estos día son mujeres que se acercan a tomarse fotos junto a un muy sonriente Tinedo Guía que luego coloca su firma al lado de la Karla Angola sobre una lapidaria y escalofriante caricatura del no menos genial Roberto Weil.
Demasiado festín.
El canal en peligro, a menos de 48 horas de su supuesto fin, exhibe la insulsez de una espigada descerebrada que coloca videos de cámara escondida (que no me dan risa) antes de que Garmendia y Cabrujas sufran retorcijones donde quiera que estén con el bloque dramático que sigue.
A las puertas del canal, estudiantes de liceo con pancartas y motivos de Primero Justicia no tenían idea de lo que hacían ahí. “¿Esta será actriz?… ¿Qué se yo?, Pídele el autógrafo igual…” y la nómina de la planta sonríe y saluda efusiva como si caminaran por la alfombra roja de Cannes, no como si su empleo y la libertad de un país guindara de un hilo bastante macabro.
Ante tanta y aparente falta de seriedad, recuerdo aquella frase que pronunciara Miranda al verse obligado a huir del país: “Bochinche, esta gente es puro bochinche”.
(escrito el 25 de mayo de 2007)
Cigarrillos de Macramé
“¡Es imposible!”, me repetía. “No podré nunca llegar en menos de 40 minutos al trabajo”. 40 minutos para menos de 7 km. Cotidianidad en grandes dosis.
Así iba pensando mientras la música de la estación me fastidiaba los oídos cuando la vi por primera vez.
El negro pardizo del tinte de su cabello se corría por su frente y se mezclaba con aquella amasable capa de maquillaje, gruesa como un tolete de queso blanco. El saturado rojo de sus labios y el brillo azteca de sus zarcillos y cadenas, hacían de su cara el más rococó de los montajes de Carlos Zerpa.
Venía fumando un cigarrillo, y el hundir la palma de su mano en el volante para el maleficio acústico de la corneta, era una maniobra tan automatizada y repetitiva como las bocanadas.
Entre la entrada del centro de tenis de Santa Rosa de Lima y la esquina de la pastelería Danubio, convirtió en aplastadas colillas cuatro esbeltos nicotinosos de la British Tobbaco Company.
Entonces caí en cuenta de que la realidad siempre supera la ficción, que existen personas como esta muñeca mal oliente y claxon-rumiante que agradecen las colas. Que al salir de su casa, cruzan los dedos y quién sabe si hasta se persignen para conseguir el mayor estancamiento de carros en la vía al trabajo. Sólo por fumar lo más que se pueda, en el mayor tiempo posible; en la menor cantidad cuadras existentes.
Su rostro no reflejaba agrado, angustia o desesperación por el surrealismo de aquella cola. Era una cara inmutada y neutra que chupaba papel y escupía humo.
Pero también estaba apurada. No cesaba de tocar la corneta en aquella cápsula tan gris y tan vulnerable a los caprichos del viento.
“Así somos todos”, dije entonces. Queremos llegar, nos morimos por llegar; pero agradecemos el retraso al punto de disfrutarlo.
Nos desesperamos por llegar y así vamos tocándole corneta a la vida, para siempre llegar primero y rápido. Pero como no llegamos nos ponemos a fumar como locos en la espera, tanto, que terminamos por preferir la espera y el retraso a la llegada con tal de fumar.
Y así, fumando y fumando, se nos olvida que algún día teníamos ganas de llegar, ilusión por llegar. Las colas de los años y las personas nos van convirtiendo en consumidores de papel y humo que tocan corneta por aquello de no parecer que no queremos llegar, cuando en realidad hace rato que se nos olvidó.
¿Alguien tiene un yesquero?
(escrito antes de la puesta en práctica del plan "pico y placa" en el municipio Baruta)
Así iba pensando mientras la música de la estación me fastidiaba los oídos cuando la vi por primera vez.
El negro pardizo del tinte de su cabello se corría por su frente y se mezclaba con aquella amasable capa de maquillaje, gruesa como un tolete de queso blanco. El saturado rojo de sus labios y el brillo azteca de sus zarcillos y cadenas, hacían de su cara el más rococó de los montajes de Carlos Zerpa.
Venía fumando un cigarrillo, y el hundir la palma de su mano en el volante para el maleficio acústico de la corneta, era una maniobra tan automatizada y repetitiva como las bocanadas.
Entre la entrada del centro de tenis de Santa Rosa de Lima y la esquina de la pastelería Danubio, convirtió en aplastadas colillas cuatro esbeltos nicotinosos de la British Tobbaco Company.
Entonces caí en cuenta de que la realidad siempre supera la ficción, que existen personas como esta muñeca mal oliente y claxon-rumiante que agradecen las colas. Que al salir de su casa, cruzan los dedos y quién sabe si hasta se persignen para conseguir el mayor estancamiento de carros en la vía al trabajo. Sólo por fumar lo más que se pueda, en el mayor tiempo posible; en la menor cantidad cuadras existentes.
Su rostro no reflejaba agrado, angustia o desesperación por el surrealismo de aquella cola. Era una cara inmutada y neutra que chupaba papel y escupía humo.
Pero también estaba apurada. No cesaba de tocar la corneta en aquella cápsula tan gris y tan vulnerable a los caprichos del viento.
“Así somos todos”, dije entonces. Queremos llegar, nos morimos por llegar; pero agradecemos el retraso al punto de disfrutarlo.
Nos desesperamos por llegar y así vamos tocándole corneta a la vida, para siempre llegar primero y rápido. Pero como no llegamos nos ponemos a fumar como locos en la espera, tanto, que terminamos por preferir la espera y el retraso a la llegada con tal de fumar.
Y así, fumando y fumando, se nos olvida que algún día teníamos ganas de llegar, ilusión por llegar. Las colas de los años y las personas nos van convirtiendo en consumidores de papel y humo que tocan corneta por aquello de no parecer que no queremos llegar, cuando en realidad hace rato que se nos olvidó.
¿Alguien tiene un yesquero?
(escrito antes de la puesta en práctica del plan "pico y placa" en el municipio Baruta)
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