En una sala de cine la oscuridad no es sólo ausencia de luz.
Es también polvo errante y narrativo que caprichoso se deja caer sobre las butacas y sus ocupantes.
Es aroma que se filtra por poros y crea raros bienestares.
La luz del proyector en una pantalla es más que 24 fotografías en 60 segundos a lo largo de 90 minutos. Son fotones que hacen brillar ojos con el prisma de la esperanza o la desolación.
Ahí, en esa atmósfera ajena y mágica, se suelen encontrar las manos.
Un dedo olvidadizo se encuentra con otro que casi logra reconocer. Son manos que hace mucho se juntaron y hasta jugaron a regalarse un anillo. Son manos que se olvidaron del rito y hasta de la costumbre . En la penumbra de luceros cremosos, quedan frente a frente por culpa del miedo o la casualidad y se acuerdan de la textura de la otra: de aquella hendidura imperceptible y escondida en la palma o la curva mágica e interminable de un nudillo que olía a perfumes franceses. En ese momento, el peso de la evidencia las hace separarse. No hay nada que las una salvo el espectro de un tiempo que ya no tiene ubicación precisa en la memoria, de un sabor pobre y lánguido en la lengua de un corazón en decadencia.
Asiento de por medio, otras manos copulan en silencio sepulcral.
Mientras la puesta en escena del lente cierra las bocas y dilata las pupilas, ellas salivan una lucha por el poder y el control sobre la otra, codazos de lujuria por tomar las riendas libidinosas de representar a dos palmas y diez dedos aquello que harían a cuerpo entero si la sala estuviera vacía. Los ojos sobre la pantalla y el alma en la piel del otro. Yemas que con su calor funden huellas dactilares en una sola identidad de labios de barro que nacen con cada roce.
Al final, cuando los créditos corren y las luces se prenden, las manos quedan relegadas a botar la caja de cotufas, aprehender las monedas para el estacionamiento, posarse sobre el volante o pulsar números en un teléfono móvil.
Obedientes y altruistas se dejan usar en un sinfín de trivialidades que sólo son soportables por la esperanza de que en un día o en un mes, el agua que emana ruidosa de la fuente aceluloidada de un proyector apague las luces de la sala. Entonces los dedos y las palmas volarán por cuadritos de 35 mm hasta evaporarse en una ficción que enmudecería a negro todas las pantallas existentes en la caja de pantallas de cine, absortas y bobas ante la historia de dos manos que se creen mucho más que manos y cobran vida en historias que desconocen sus inocentes portadores.
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