jueves, 28 de junio de 2007

Cigarrillos de Macramé

“¡Es imposible!”, me repetía. “No podré nunca llegar en menos de 40 minutos al trabajo”. 40 minutos para menos de 7 km. Cotidianidad en grandes dosis.
Así iba pensando mientras la música de la estación me fastidiaba los oídos cuando la vi por primera vez.
El negro pardizo del tinte de su cabello se corría por su frente y se mezclaba con aquella amasable capa de maquillaje, gruesa como un tolete de queso blanco. El saturado rojo de sus labios y el brillo azteca de sus zarcillos y cadenas, hacían de su cara el más rococó de los montajes de Carlos Zerpa.
Venía fumando un cigarrillo, y el hundir la palma de su mano en el volante para el maleficio acústico de la corneta, era una maniobra tan automatizada y repetitiva como las bocanadas.
Entre la entrada del centro de tenis de Santa Rosa de Lima y la esquina de la pastelería Danubio, convirtió en aplastadas colillas cuatro esbeltos nicotinosos de la British Tobbaco Company.
Entonces caí en cuenta de que la realidad siempre supera la ficción, que existen personas como esta muñeca mal oliente y claxon-rumiante que agradecen las colas. Que al salir de su casa, cruzan los dedos y quién sabe si hasta se persignen para conseguir el mayor estancamiento de carros en la vía al trabajo. Sólo por fumar lo más que se pueda, en el mayor tiempo posible; en la menor cantidad cuadras existentes.
Su rostro no reflejaba agrado, angustia o desesperación por el surrealismo de aquella cola. Era una cara inmutada y neutra que chupaba papel y escupía humo.
Pero también estaba apurada. No cesaba de tocar la corneta en aquella cápsula tan gris y tan vulnerable a los caprichos del viento.
“Así somos todos”, dije entonces. Queremos llegar, nos morimos por llegar; pero agradecemos el retraso al punto de disfrutarlo.
Nos desesperamos por llegar y así vamos tocándole corneta a la vida, para siempre llegar primero y rápido. Pero como no llegamos nos ponemos a fumar como locos en la espera, tanto, que terminamos por preferir la espera y el retraso a la llegada con tal de fumar.
Y así, fumando y fumando, se nos olvida que algún día teníamos ganas de llegar, ilusión por llegar. Las colas de los años y las personas nos van convirtiendo en consumidores de papel y humo que tocan corneta por aquello de no parecer que no queremos llegar, cuando en realidad hace rato que se nos olvidó.
¿Alguien tiene un yesquero?

(escrito antes de la puesta en práctica del plan "pico y placa" en el municipio Baruta)

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